¿Por qué no nos callamos?

Ramon Miravitllas

Para los periodistas y a ojos occidentales, generalmente eurocéntricos o európatas, Hugo Chávez siempre presentó la enojosa contradicción de ser el único príncipe de sus pobres y al tiempo practicar un berlusconismo de nuevo rico mediático, dicho sea con todas las precauciones y más en un país donde las televisiones burguesas juegan a conspirar igual que a inspirar el aire de cada día, y si no que se lo digan al ex ministro de Exteriores Josep Piqué, virrey a su vez de la ingerencia de Aznar.
El fallecido caudillo venezolano, según Miguel Angel Bastenier -uno de los más reputados analistas de lo latinoamericano- aun no siendo un dictador sí derivó su régimen personalista hacia un totalitarismo de la palabra que desbordó con mucho la necesidad antropológica de que hablaban Hegel y Weber: hablar para construir el mundo del político y dar sentido a todo su alrededor. Chávez echó mano de la televisión para escenificar imagen y palabra en sesiones maratonianas de telerrealidad político-sentimental, encaramado en un lenguaje cerrado de guía providencial que regalaba sentencias demoledoras. Cada semana en riguroso directo, desde un lugar distinto, en un show de cinco a ocho horas, su Aló presidente representaba una comunicación directa con el pueblo, aunque estar más cerca del pueblo no significa, ni mucho menos, estar más cerca de la democracia. La locuacidad del líder era la cáscara de un régimen que cohibía a los contrapoderes, la justicia, el parlamento o el periodismo desafecto. A escala más reducida otro tanto puede decirse de la anterior experiencia telepresidencial en Colombia. Alvaro Uribe, quien en sus semanales Consejos Comunales también se comportaba como una celebrity, actuando en los tres papeles básicos: padre, cura y maestro del pueblo. El objetivo en ambos era idéntico: crear una atmósfera sensorial irresistible y asfixiar a la prensa no leal. Chávez convirtió la política venezolana en un inmenso plató de televisión. ¿Pero, ojito, con las necrológicas pasando cuentas: qué serían sin la pantalla pequeña multitud de nuestros políticos de teatrillo que jalean cualquier viva la muerte de nuestra economía o la muerte del enemigo político cuando notan el cosquilleo de la menor cámara, recitan guiones interesados y solo buscan anestesiar con sobredosis de demagogia de guiñol? No somos nadie para dar lecciones de democracia. ¿Por qué no nos callamos?

Ocultar las equivocaciones propias, sean penales, civiles, administrativas, éticas o estéticas siempre ha sido coser y cantar para la federación nacionalista catalana, la derecha identitaria. Bastaba con colocarlas bajo el manto de la incesante afirmación simbólica y sentimental de la diferencia, aunque fuera exagerándola para justificar posiciones extremas. Bastaba con poner a sublimar los supremos valores patrios de turno a fuego rápido, con la superioridad  de siempre ante pueblos menos elegidos. Cuando el presidente de la Generalitat Jordi Pujol i Soley fue imputado por el cata-crac de Banca Catalana, respondió acusando al Gobierno González de “jugada indigna” (el Estado de Derecho existe menos cuando no interesa) e inflamando una magna concentración de adhesión personal y familiar, donde los alaridos contra Madrid se hermanaban con piropos a Marta Ferrusola (“això és una dona!”) en el terreno de la etérea creencia, del imperativo categórico de la inocencia.  El carismático político y discutible banquero Pujol nunca llevó la mancha mediática de la corrupción en el traje, salvo para el puñado de no adeptos a esta variante de teocracia que se resitían a ser iluminados. Convergència, confesaban sus predicadores, no era Unió, que se metía en uno, dos, tres charcos de lodo seguidos, sino la viva encarnación de la pureza por hacer país.  Las acusaciones del exterior eran desmontables por el eterno odio y asechanza del enemigo centralista y las interiores, explicables por una izquierda perdedora y resentida, que bastante tenía con barrer su apestosa casa. “A la izquierda le falta exigencia moral”, dijo Jordi Pujol cuando aún era President. Luego, el partido de orden por excelencia, el garante del statu quo del seny ante cualquier caja de impuestos, de caudales o de reclutamiento, el epicentro del civismo burgués con acento cristiano y perfume sueco, el santo espíritu y seña de Catalunya, resulta que era carne de nuestra carne pecadora, carne picada en las terulias: en el Caso Casinos se acreditó financiación ilegal (aunque no tipificada), el juez propuesto por CiU y su empresario de referencia resultaron ser unos delincuentes, igual que  el abogado de Pujol en Banca Catalana y su asesor fiscal más cercano;  Maragall desenterró el país del 3% de comisión, un ex conseller y un ex secretario de la presidencia “suciovergentes” se añadieron al ilustre banquillo, Millet se embolsó 630.000 euros del Palau, afloraron amigos del alma de la mafia rusa y, que conste, el conseller Roma resultó no culpable pero encargó trabajitos a domicilio a la empresa que se los hacía en el Govern. Una gran porción de la política al servicio de los lobbies aún no ha asomado, porque CiU no publicará la lista de donantes para que luego tengan represalias. En resumen, como bien recuerda el catedrático Jordi Matas Dalmases, una quinta parte de los consejeros de Jordi Pujol han sido imputados por corrupción. Deduzcan la calidad de nuestro gobierno. Y la sociedad que se exoneraba de culpa y se regocijaba con los gangsters, cacos y caraduras del país vecino, estaba tan carcomida como él. Sin embargo (valencianos y catalanes ofrecen paralelismos curiosos) es materia probada que la mayoría de catalanes no quiere ver las letras de c-o-r-r-u-p-c-i-o-n en el tablero luminoso del oculista si éste es convergente.

Así las cosas en el oasis fétido, vuelven a saltar las comisiones no obreras y los conseguidores de los recursos públicos, ahora, ojo, en la persona de Oriol Pujol i Ferrusola. Debemos ser cautos: nadie ha demostrado que los hijos del ex President se hayan hecho multimillonarios haciendo negocios con la Generalitat, por ejemplo gracias a adjudicaciones a sus empresas. Nadie  es sospechoso por el mero hecho de ser hijo de, poseer poder o dinero. La carga acusatoria de las conversaciones telefónicas intervenidas, no obstante, parece ir más allá de los “aromas de corrupción” que el fiscal del Estado Eligio Hernández veía en las conductas económicas de la saga. La reacción de Oriol es más sensata que la de su padre en 1984, aunque no deja de rebozarse en la bandera estrellada. Desde luego, no es azaroso que este asunto brote como imputación cuando la imagen de la España podrida y negra de defraudar, que cada día se envilece más y más en las cuevas calumniadoras de la derechona, favorece con su mera imagen cualquier proceso soberanista que invite a ponerle tierra decente de por medio. ¿Lo véis? -nos deslizan los directores de orquesta en la sombra-: Bárcenas somos todos. Las manos mágicas que activan las compuertas de las coacas judiciales de los Estados y de los aspirantes a Estado, el partidismo ciego de la justicia, son una atenuante. Pero nunca eximirán de culpa. Culpa histórica.

La investidura resultante del pacto patriótico entre la derecha identitaria y la izquierda catalana menos izquierda nos  devuelve un país más frustrado y dividido que antes, y más estancado que antes, porque la federación nacionalista ha perdido a su aliado más natural/habitual, el Partido Popular, mal que le pese. Nos devuelve también un líder disminuido por las urnas pero crecido por ensimismamiento propio, por estrategia (de tierra quemada) del entorno y por delegación de quien le mueve los hilos.  La investidura nos regala una política social consensuada en teoría mejor que la tísica del Gobierno de los mejores -qué gran sarcasmo-, pero cuyos ingresos tampoco serán para echar cohetes, es decir, para asegurar que se produce el cacareado cambio de orientación del que se ufana ERC.  Cuidado: el regalo navideño tiene envoltorio y lazo de lujo, pero la caja está muy vacía. En su “todo por la Patria” CiU no vende aún su alma a Esquerra (lo hará quiera o no en incómodos plazos), pero hipoteca la suya hasta el punto que debe explicar a sus fieles electores por qué lo que antes era del todo perjudicial para la economía ahora ya no es contraproducente. Los apologetas del nacionalismo aducen que eso es magnanimidad, pacto auténtico, noble crenuncia por intereses superiores de país, política con mayúsculas. Si lo hiciera un rival, sería simplemente traición ideológica, cesión chaquetera por mero cálculo  de poder.

Por lo que respecta al partido que realmente gobernará, ERC ya no es la peña recalentada que subastaba su alianza de gobierno en una calçotada, pero la lógica aconseja que Artur Mas debería guardarse de socios con un historial de deslealtades tan nutrido, cuando ya el día después del pacto. cuyo trabajoso caballo de batalla ha sido la fecha de la consulta de autodeterminación, el presidente Junqueras -presidente Junqueras, acostúmbrense- ya habla de adelantarla si le tocan las narices. Todo indica pesadilla para Unió y Convergència en la cocina político-mediática del día a día.

Finalmente, la frustración y división de la investidura se reproducen con saña en el miniuniverso de los socialistas catalanes. Se abstenga en la consulta o vote contra la investidura, el PSC no es “ni carn ni peix”, cuarteado entre los partidarios de la consulta pero no de la independencia, los partidarios de la consulta y de la  independencia y los no partidarios de la consulta ni de la independencia. La bomba de fragmentación estallará cualquier mañana de éstas. El duunvirato que se ha apropiado del mensaje del 25-N poniéndole por delante las glándulas de una gran manifestación lo tiene fácil. Hasta que la presunta socialdemocracia de CiU también salte en pedazos.

 

 

Cuando Convergència cambió las reglas a mitad de partida y barajó cartas de tarot en lugar de los naipes tradicionales, varios contendientes ya quedaron fuera del tapete: los que apostaban a bastos contra los hachazos sociales ICV-EUiA), los que además jugaban a espadas contra sí mismos (PSC) y los que desde tiempo atrás habían abjurado de su izquierdismo (ERC) para entregar sus bazas a los oros del poder. El discurso de ICV quedó ahogado en el tsunami mediático nacionalista que ha roto en mil pedazos la neutralidad periodística pública, pese a la respiración asistida de la huelga y los desahucios. Y el PSC se ha hundido -éste es el verbo- históricamente como el Titanic: no hubo planificación de los armadores ideológicos, no vio el obstáculo a tiempo, no hubo líderes salvavidas (y sí codazos) y el capitán no estuvo a la altura. Prueben con el Prestige, la metáfora también sirve.

El caso de Esquerra, árbitro de la nueva Catalunya, implica una severa recesión del espacio socialdemócrata que, sin ser gran cosa, asomaba la nariz en discursos de Puigcercós. Junqueras fue el clavo ardiendo al que se agarró el “star system” republicano que nunca cede el relevo y cuyo resultado ha sido el mutuo efecto tracción con CiU: Esquerra se atrae a  la gobernanza, que tan buen resultado le ha dado siempre, y el poder nacionalista la atrae a sus redes de intereses de Gobierno. Veremos no hasta qué punto ERC prefiere ser catalana a izquierda, eso ya estaba claro, sino hasta dónde querrá compartir los misterios y ambivalencias del tarotismo de Mas, cuando lo que exige son actas judiciales de divorcio.

Los ecosocialistas ven modestamente recompensado su tesón por situar el eje en las agresiones al bienestar de los ciudadanos, sin maniobras de distracción, y el buen tono de campaña, el único a la izquierda habitual. Si en PSC y ICV hay quienes se mesan los cabellos por haber desaprovechado la oportunidad dorada de un frente amplio a la griega, tienen motivos para levantarse el cuero cabelludo a tiras. La ocasión la pintaban calva: en poco tiempo de gestión CiU y PP habían emperorado la herencia recibida.

 La indignación reparte el premio electoral entre quienes se la trabajan (su terapia), los ecosocialistas en la superficie y, atención, la gran sorpresa victoriosa del 25 N. La Candidatura de Unitat Popular supone la puesta de largo -perdón por la metáfora burguesa- de una izquierda que hurga en la raíz del conflicto social y a la vez es intransigente en la demanda independentista. Todo un señor forúnculo en la fina piel de ERC, a la que tan mal sientan los rivales soberanistas (SI y Reagrupament). La CUP significa no sólo una mayor polarización en los dos vectores, social y nacional, sino la mayor enmienda a la totalidad que ha sufrido la política de siempre. Una oxigenación regeneracionista que ojalá no se quede en pose y humareda.

 El panorama resultante de fuerte retroceso del espacio de izquierda, por la defección de ERC y el  intento de suicidio del PSC, es de estancamiento. Convergència ha perdido a su aliado natural y ha ganado un amigo condicionado cuyos sobresaltos algún día pondrán a Duran Lleida entre la espada, la pared y el colapso nervioso. Los presupuestos de la tijera en manos de Esquerra parecen una hipótesis sugestiva. Aunque no menos excitante que analizar por qué Convergència pide un concierto y acaba cosechando un desconcierto

El debate de anoche en la televisión privada apéndice del Gobierno no pasará a la historia por presentar la política como solución razonada a nuestros problemas, sino por representar uno de los más genuinos  apoteosis de lo accesorio  (pullas y provocaciones de parvulario, cinismo de baratillo), en detrimento de los grandes asuntos en que debe fijar su atención la manoseada opinión pública. Ejemplo: el cierre de quirófanos era un apéndice -perdón por si parece una metáfora- del manual de meter el dedo en el ojo ajeno, meter dos dedos en la campanilla propia para vomitar mejor y agitar el día de la banderita (de conveniencia). La primera malicia es que el debate fue a cinco, como mínimo – Esquerra habla por CiU salvo alguna genialidad de Junqueras- y Alicia habla por dos, o quizá tres. La segunda malicia es que el debate fue plural porque había tres formas muy esmeradas de ponernos de los nervios. La tarcera es que en estas condiciones el ganador fue el periodista institucional Josep Cuní, tal como se pretendía, pues de entrada la rateta ya barrió la escaleta para casa en el orden, extensión y énfasis (visual y el otro) de los temas. En el país de los 700.000 parados y las ejecuciones (hipotecarias) de familias enteras, los coloquiantes -es un decir- consumieron una eternidad rizando el rizo de la necesidad y legalidad de decidir si convenía decidir el derecho a decidir. Bravo. La de ayer es una de aquellas etapas intermedias del Tour en que al equipo que ha diseñado la carrera a su antojo y marcha por delante le conviene que no pase nada para que siga pasando lo que tiene que pasar, o sea, que desde el primer minuto el pelotón ruede al ritmo  de que CiU sea la independencia y la independencia  sea Catalunya de modo que Catalunya sea CiU.  A los 5 minutos el líder Artur Mas ya había quitado la cartera a sus contertulios (la de clientes, la otra ya se la había quitado antes). El candidato presidente apareció fatigado, con aquella “sombra de las 4 de la tarde” de un mal afeitado que hundió a Nixon ante Kennedy en 1961 y una sonrisa plastificada mucho más vecina de Van Rompuy que de Gandhi, pero le bastaron los reflejos de siempre  en unos cuantos derechazos de manillar- para llegar sobrado a la meta volante. Ninguno de sus mediocres oponentes preguntó por el juego limpio de Armstrong, que es de lo que se hablaba en el vivísimo debate de BTV a la misma hora, aunque los líderes políticos hablen mucho de Armstrong  pero callen como esfinges  cuando están cara a cara y se dediquen a las chuflas.  Y luego dirán que si la desafección es injusta. A chufla los toma la gente y a mi me causan una pena imponente, que diría “El Piyaio”. De Armstrong se habla en las barras de los bares y los comedores de los hogares, que son los sitios en vistas a los cuales se hacen o se deberían hacer los debates. ¿Es pedir demasiado que hablaran del tema  Armstrong, simplemente, para arrojar luz sin linchar mediáticamente a nadie?

Dicho sea todo lo que antecede desde la osada ignorancia. Uno habrá perpetrado más de 4.000 debates  en su vida sin que el conocimiento, lo que se dice conocimiento, lo haya advertido demasiado, salvo ganando malicia.

 

 

La cada vez más lacerante desigualdad entre clases  es una realidad virtual que no aparece en los “telenotícies” aplicada a Catalunya, y menos en campaña. Suele existir merced a la imaginación del grafismo electrónico y la borramos a voluntad oscureciendo la pantalla en un par de clics, porque lo que se lleva es mirarse el ombligo. Ejemplo: “Internet News: Son más de 150 millones los niños que padecen desnutrición…” “Más de 800 millones de personas carecen de recursos suficientes para poder comer…” “Para más de 500 millones de individuos, la esperanza de vida se halla por debajo de los 40 años…” Clic. “¿Desea interrumpir su conexión con Internet?” Clic. “Ahora puede apagar el equipo”.

Menos mal, para la izquierda no abducida por el esencialismo, que el frenillo a los desahucios ha podido fijar un tema de preocupación social entre tanta estrella fugaz. Agradézcanselo no a los bancos, ni a los partidos ni a los jueces, sino al tribunal eeuropeo que en breve nos dirá que nuestro sistema hipotecario es una moderna inquisición económica.

¿Sonreímos un poco? Según mucha verborrea de campaña, España es una decadente unidad de ladrillo en lo universal y los catalanes somos un pueblo excelso del que se alaba el sentido común y el patrimonio, cuando no hemos sabido conservar los bosques, el Liceo, el seny, las playas, los acuíferos, el oasis político, la Sagrada Familia original, el impuesto de patrimonio, el de sucesiones, Vargas Llosa y compañía,  Maradona, Schuster, Laudrup, Romario, Ronaldo, Figo, Ronaldinho….

 La ciencia matemática porcentual de la estadística, aplicada al cálculo de posibilidades en los sondeos políticos, nos permite conocer de antemano y con total exactitud los partidos que se adjudicarán la victoria aunque no ganen.

El jubilado Goirigolzarri, ex consejero delegado del BBVA y presidente de la orden mendidante de Bankia, con solemne voto de pobreza ajena, disfruta de 3 millones de euros anuales de los 55 que se reservó en el BBVA, mientras a los demás nos escamotean la revalorización de las pensiones. ¡Esto es federalismo asimétrico!

El agujero negro menos estudiado del espacio sigue siendo la zona de máxima opacidad de los partidos donde vagan las donaciones de empresas favorecidas por la propia formación.

¿El toro ha de estar en la plaza o en el estofado? A veces resolvemos rápidamente los dilemas, pero en otros nos encallamos en la salsa turbia. ¿Será la supuesta cuenta suiza de Artur Mas otra sinfonía inacabada como el inefable 3%? Si añadimos esta carga a la de una pequeña nación que lleva medio siglo preguntándose hiperbólicamente lo que es y donde va, esto no hay quien que lo aguante.

 

De todos los partidos que concurren el 25-N, el PSC es el único que flojea en los dos grandes aspectos electorales. En el eje de la relación con España, porque se durmió hace mucho tiempo al no plantarse ante el PSOE y pedir la independencia de su grupo parlamentario en el Congreso al votar asuntos de Catalunya. También porque juega una carta federal de divulgación y pedagogía más compleja que el  efectivo “caixa o faixa” de Catalunya o España, mal explicada en los lemas de campaña y agravada por funestas pifias de estrategia.  (La rueda de prensa del alcalde Bustos abriendo las puertas del partido a los independentistas para una vez dentro no dar viabilidad a sus aspiraciones era tan patética como el recurso al espantajo hitleriano en boca del ex presidente aragonés Iglesias). Y finalmente porque sigue esperando la solemne delaración del jefe Rubalcaba permitiendo una consulta popular. La postura del secretario general del PSOE es una grave  zancadilla de entrada contra  su homólogo Pere Navarro (que puso el PSC a disposición de Chacón), un líder tierno de segundo nivel con evidentes problemas de definición, apoyos, bagaje político y calidad mediática. En suma, el pacto de la transición entre los “pijos” de Sant Gervasi y los “obreristas” del Baix Llobregat dio mucho de sí pero hoy ya no sirve para interpretar el presente del soberanismo ni como estética dominante.

En el frente socioeconómico, el PSC también carece de una buena oferta porque, tal como manda en el patio el directorio europeo, la socialdemocracia no posee una opción diferenciada de izquierda ni la cohesión interna para jugarla a fondo.  Acobardado ante los poderes fácticos y perdido en el fulanismo de sus congresos y fuera de ellos,  los socialistas solo saben llorar lo que hay y andar a remolque de algunos indignados cuando conviene y de plataformas de masacrados hipotecarios cuando ya no hay otro remedio. La entrada del decepcionante Rubalcaba en campaña -ser magnífico orador no significa ser un buen gestor de ideas- certifica hoy la tardanza en afrontar conflictos del ciudadano la  brillante doble moral al exponerlos y la coartada para disfrazarlos con palabras que ya se quedan cortas.

Visto así, el ascenso del PSC  la carnicería de un gran cadalso solo puede ser mitigada por el voto compasivo,  el ajuste de cuentas a sus rivales y los movimientos subterráneos. Parece muy poca cosa.