El debate de anoche en la televisión privada apéndice del Gobierno no pasará a la historia por presentar la política como solución razonada a nuestros problemas, sino por representar uno de los más genuinos  apoteosis de lo accesorio  (pullas y provocaciones de parvulario, cinismo de baratillo), en detrimento de los grandes asuntos en que debe fijar su atención la manoseada opinión pública. Ejemplo: el cierre de quirófanos era un apéndice -perdón por si parece una metáfora- del manual de meter el dedo en el ojo ajeno, meter dos dedos en la campanilla propia para vomitar mejor y agitar el día de la banderita (de conveniencia). La primera malicia es que el debate fue a cinco, como mínimo – Esquerra habla por CiU salvo alguna genialidad de Junqueras- y Alicia habla por dos, o quizá tres. La segunda malicia es que el debate fue plural porque había tres formas muy esmeradas de ponernos de los nervios. La tarcera es que en estas condiciones el ganador fue el periodista institucional Josep Cuní, tal como se pretendía, pues de entrada la rateta ya barrió la escaleta para casa en el orden, extensión y énfasis (visual y el otro) de los temas. En el país de los 700.000 parados y las ejecuciones (hipotecarias) de familias enteras, los coloquiantes -es un decir- consumieron una eternidad rizando el rizo de la necesidad y legalidad de decidir si convenía decidir el derecho a decidir. Bravo. La de ayer es una de aquellas etapas intermedias del Tour en que al equipo que ha diseñado la carrera a su antojo y marcha por delante le conviene que no pase nada para que siga pasando lo que tiene que pasar, o sea, que desde el primer minuto el pelotón ruede al ritmo  de que CiU sea la independencia y la independencia  sea Catalunya de modo que Catalunya sea CiU.  A los 5 minutos el líder Artur Mas ya había quitado la cartera a sus contertulios (la de clientes, la otra ya se la había quitado antes). El candidato presidente apareció fatigado, con aquella “sombra de las 4 de la tarde” de un mal afeitado que hundió a Nixon ante Kennedy en 1961 y una sonrisa plastificada mucho más vecina de Van Rompuy que de Gandhi, pero le bastaron los reflejos de siempre  en unos cuantos derechazos de manillar- para llegar sobrado a la meta volante. Ninguno de sus mediocres oponentes preguntó por el juego limpio de Armstrong, que es de lo que se hablaba en el vivísimo debate de BTV a la misma hora, aunque los líderes políticos hablen mucho de Armstrong  pero callen como esfinges  cuando están cara a cara y se dediquen a las chuflas.  Y luego dirán que si la desafección es injusta. A chufla los toma la gente y a mi me causan una pena imponente, que diría “El Piyaio”. De Armstrong se habla en las barras de los bares y los comedores de los hogares, que son los sitios en vistas a los cuales se hacen o se deberían hacer los debates. ¿Es pedir demasiado que hablaran del tema  Armstrong, simplemente, para arrojar luz sin linchar mediáticamente a nadie?

Dicho sea todo lo que antecede desde la osada ignorancia. Uno habrá perpetrado más de 4.000 debates  en su vida sin que el conocimiento, lo que se dice conocimiento, lo haya advertido demasiado, salvo ganando malicia.

 

 

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