En una España donde los intelectuales solo salen de la mudez culpable para pontificar de fútbol, recibimos el inesperado manifiesto de nombres de la cultura española según se entra a la izquierda, preocupadas ahora por las injusticias financieras del Estado de las Autonomías, la organización territorial, la convivencia, la pobreza, etcétera. Toda una novedad. La España ilustrada que busca ser viable en la diversidad, la que no tiene apriorismos rancios acerca de los catalanes, la que no dijo ni mu en el mareante tiovivo del estatut, sale hoy del escondite para denunciar la corrupción de los tiempos y avisarnos de catástrofes futuras si no atendemos su llamada. Otro gallo nos cantara si esos pensadores o celebrities culturales no hubiesen esperado a verle las orejas al lobo para trabajarnos vías de salida; si hubiesen sido la voz de los sin voz, la conciencia responsable de la sociedad y no unos moralistas apagafuegos.

En Catalunya el papel de los intelectuales o figurines de la cultura  (cuánto oportunista subido al carro del soberanismo) es tanto o más penoso. Un selecto racimo de guerreros catalanistas se nos aparecen como los sumos sacerdotes que poseen la llave del destino de la historia, sabedores absolutos de cuándo su pueblo se desvió y cuál es la salvación única posible. Agrupados en torno al equívoco y pretencioso nombre de Assemblea Nacional Catalana, intentan erigirse en un tribunal popular por encima de los partidos y por debajo de la federación nacionalista. La presidenta de la ANC demostró un acrisolado fervor de club de fans de Artur Mas; tanto fue su papanatismo aplaudidor en el Parlament y fuera de él que tuvieron que avisarla y entonces se desmarcó tanto que tuvieron que avisarla de nuevo para que volviera al redil. Un reparo extendible al grupito de intelectuales que arroparon en admirado cariño al President a su vuelta de la Moncloa, como hinchas pancarteros de aeropuerto. Patriotas que no suelen soltar una sílaba sobre conflicto entre clases, pero saben arrimarse al poder.

En el franquismo la Assemblea de Catalunya era una instancia cívica que aguijoneaba a los partidos para que no desfallecieran en la lucha por los objetivos de libertad, amnistía y estatuto. La Assemblea fiscalizaba, porque eran tiempos de anormalidad. A día de hoy, Catalunya no necesita ninguna plataforma política prefabricada para hacer de médium entre una verdad revelada y los modestos ciudadanos. En una democracia representativa, por imperfecta que sea,  ningún poder debe situar sus clamores y ardores como suprema coacción político-sentimental desde la cima de una pretendida soberanía popular que saca la bandera estrellada a la calle.  Claro que esta peña de faros esclarecedores de las masas actúa contra una tiranía como si en España no hubiese pasado nada desde  1975 y apela a tiempos excepcionales, ¿les suena el adjetivo?, para homogeneizar la Catalunya una,  grande y libre. Los engreídos que se sienten sujetos universales depositarios del sentido de la historia se atreven con todo, hasta a declarar traidores a quienes no les rindan armas intelectuales. Estos maestros del pensamiento (alienante) no vacilan en falsificar datos y argumentos para favorecer una causa independentista -nutrida, legítima y merecedora de debate y voto, por otra parte- y segregar a los tibios o fríos, reos de alta traición.  Valía para el GAL y vale para algunos hechiceros modernos: ni siquiera la patria es más importante que la verdad, la ética, la dignidad.

 

¿Quién fue Aznar? Un presidente con carrera de inspector de Hacienda, cara de inspector del timbre, carisma de inspector de abastos, prontos de inspector de enseñanza, severidades de inspector de trabajo, sermones de reverendo padre inspector e ideario de inspector de policia.

¿Quién es Aznar? La suma de todo lo anterior, pasado por el túrmix de la vanidad, el ostracismo, el resentimiento, el clientelismo, el falangismo de acné mal curado, las ganas de poner los pies encima de alguna mesa política importante y los estragos psicológicos de una maldita bomba etarra. Si como decía Felipe González los ex ministros son aquel jarrón que nadie sabe dónde colocar, esta cerámica de Oropesa se nos pone siempre ella solita en primera línea del aparador. No desdeñen el factor Aznar en la distorsión de los quesitos electorales. Hace lo que más o menos todo el mundo en estos desoladores tiempos, ponerse en los extremos, pero desde una fuerza, perdón, desde una mala leche moral acrisolada en cien combates que le han granjeado miles de fans y de anticuerpos amenazantes, todos juntos en unión. Cuidadín unos y otros.

La voz profunda de Jose Mari, la garganta profunda del PP, deja una vez más en evidencia desairada al lector de Marca y Presidente del Gobierno Mariano Rajoy, ante cuyo rostro petrificado cruzan F-18, blindados, brigadas de la Benemérita, el mariscal del aire viciado Vidal Quadras y su cohetería atómica, amén de mucha munición y material pirotécnico soberanista muy inflamable, sin que diga esta boca democrática es mía, es decir, un discurso sólido y trabajado..

Cuando dijo que Cataluña era una sociedad enferma y cuando dice que se romperá antes que la España indivisible, Aznar nos enseña un contratiempo más de esta compleja hora política: la lengua descontrolada, bífida y asimétrica del gran partido de la derecha española. Asimétrica porque su lengua pretende la inmensidad de los Rolling Stones. La lengüecita, pajaril y atrofiada, de don Mariano también es bífida: una parte para decir lo que no piensa y otra para pensar lo que no dice.

Moralejas colaterales:

Alguien debería aconsejar a los padres políticos de Jose Mari que no dejen jugar al niño con explosivos.

Alguien debería advertir a Artur Mas que quizá algún día le falte manguera para tanta mecha encendida.

En Euskadi se castiga a los que gobiernan y en Galicia la otra tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú. Me explico: el regionalismo acomodaticio de la derecha en Galicia, la santa alianza entre Santiago y el correligionario que cierra España en Madrid está tan lozana como en vida de don Manuel, si es que realmente ha muerto alguna vez, a  tenor de los resultados. Fraga sonríe en su paraíso de arriba mientas su pazo de abajo, y bien suyo, queda desde ahora constituido como un moderno Shangri-Lá inmune a carnicerías al Estado del Bienestar y a la grandiosa poquedad de Rajoy. Piensen quienes han hecho hoy de Galicia un idílico estado de hipnosis colectiva mirando a otro lado, al cacique o a la abstención, que mañana volverán las oscuras golondrinas del paro y los derechos sociales para ricos sus nidos a colgar. Los socialistas se desploman, en realidad se despluman de nuevo. porque Zapatero sigue purgando las dos tardes de estudiar economía que le faltaban y las frivolités que le sobraban, y el PSOE pagando el fenomental buñuelo de viento en líderes e ideas que cocinó en el congreso de Sevilla.. Efecto: los ciudadanos que no se resignan asoman la nariz en una izquierda nacionalista potente de reminiscencias griegas.

Dígase lo que se diga, Euskadi no da sorpresas después del gobierno de dos partidos, el que recorta En España y el que ha recortado, sin que ambos hayan podido vender el matrimonio a sus electores, y después de que ETA deje de actuar de agente tóxico. El futuro también allí huele a años ochenta, evoca el legado de Arzalluz y el relevo de los euskadikos y compañía. A grandes rasgos, sin purismos hematológicos, el nacionalismo vasco pesa lo que pesaban antes el PNB del esplendor, los hermanos separados de Garaikoetxea, sus votos útiles y los abertzales que jugaban al sistema. Sólo se ha producido un ajuste arquitectónico: compensación de volúmenes. El descorche de hoy viene con retraso,  debió haberse producido hace un cuarto de siglo. Queda descubierta la sopa de ajo: Euskadi era esto.

Finalmente,  el efecto llamada del soberanismo catalán, la tracción tertuliana, las sinergias bien entendidas, el inagotable besuqueo político-mediático político que nos espera, hará las delicias de la derecha rupestre y su España que se desangra en los próximos meses y años, de modo que entre unos y otros sanseacabó más que nunca hablar de recortes a los derechos, de la quita a las prestaciones, de la pleitesía al dinero y de derechos sociales sólo para quienes puedan pagárselos. Mandan banderas. En Galicia la bandera es panameña de conveniencia. Y el jefe europeo de Goldman Sachs diciendo que lo peor está por llegar… ¿Lo saben Núñez Feijoo y Urkullu? Y si lo saben, perdón por la demagogia, ¿les importa?

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Todos sabemos qué quería decir Hugo Chávez cuando llamó fascista a Aznar, pero también que ello es técnicamente falso y en puridad debemos dar la afirmación por no recibida, porque Aznar no proclamaba la supremacía de la raza aria sobre las demás ni estaba afiliado al Partido Nacional-Socialista alemán. Del mismo modo es históricamente falso que Artur Mas sea un dirigente de las SS y no tenemos ninguna obligación de indagar las similitudes que pretende haber hallado el regidor popular de Rubí en su montaje denigratorio, que tanto daño causa a la victima como a la maltrecha política en general. Ahora bien, una de las plagas de los estándares de la comuniacción actual es haber vulgarizado temerariamente la “hitlerización” de las situaciones y dentro de ella la adjudicación del término fascista y mucho más el coloquial “facha” en cuanto nos tocan los higadillos. Lo hizo Esperanza Aguirre para decir que la policía española había actuado como la Gestapo al detener a dos presuntos agresores del ministro Bono, lo hizo el conseller de ERC Josep Huguet para decir que los catalanes éramos como los judíos de Berlín en 1938 y lo hacen obispos al acusar a las izquierdas de que el aborto legal es peor que los campos de concentración nazis. También caen en la ligereza de uso los nacionalistas, los socialistas, los eurocomunistas y los republicanos catalanes, en versión dulcificada franquista, para denostar en do mayor los tics dictatoriales del Partido Popular, y muchos ciudadanos intolerantes para zanjar discusiones prolongadas y cargarse de supuesta razón con solo pronunciar las divinas palabras. Por tanto, procede con urgencia delimitar cuándo podemos llamar fascista a alguien del siglo XXI que no se defina expresa y anacrónicamente fascista nostálgico del III Reich. Supongamos que el fascismo es un virus mutante. ¿Cómo sería un fascista evolucionado en esta sociedad tan huérfana de ideología? ¿Su expresión política podría ser la de alguien carcomido por la corrupción institucionalizada, que se sirviera del cinismo y la iracundia como métodos de hacer política, que se vistiera de populista encantador en los momentos clave y que fuera un experto en poner en tela de juicio el Estado de Derecho cuando no le conviniera? ¿Me ayudan a completar la definición? ¿Qué es un fascista en 2012?

A la Iglesia le ocurre como a la justicia, a veces tan sensible a los vientos del poder, tan frágil, y a veces tan dura. Los jueces suelen ser rápidos para lo que les conviene. La Iglesia Católica catalana ha corrido presurosa a alinearse con la independencia, si es democràtica y pacífica. Curioso: la misma jerarquía eclesiástica que no habla de los seres que mueren en pateras, que mira a otro lado cuando se manifiestan indignados, que es tan cachazuda a la hora de castigar a sus ovejas negras, que no mueve un dedo por la salud y libertad sexual, que no atiende como debiera la violencia machista,  que relega a la mujer en su seno, que  no asume su asociación  con el régimen criminal  de 1939, que ha promovido insumisiones de conciencia cuando las leyes civiles no le han gustado, que no renuncia a los privilegios de 1977,  que no quiere la democracia para sí  y que, en suma, es tan exasperantemente lenta para ayudar a quienes no son sus feligreses políticos. Vistas así las cosas, dar prioridad a la teorización de la independencia suena a oportunismo para no afrontar otros problemas. Decir amén al poder soberanista de la Generalitat del que no se critican sus recortes sociales supone una grave ofensa a la sociedad que aún la sostiene.  Para más inri, ¿se tomarán la independencia de Catalunya como una religión más?

Durante los años 80 fui testigo de la siguiente frase de un jefe militar, bravuconeando sobre la eventualidad de una Catalunya zarandeada por incesantes manifestaciones masivas: “Si esto se desmanda, hago volar un F-5 en vuelo rasante sobre Barcelona y solo con el ruido todos acojonaos; se acabó el problema”. No recuerdo si se refería al peligro de una España roja o rota, quizás a ambas, pero si la rotundidad jocosa del aviso. Quiero pensar que las Fuerzas Armadas de hoy ya no cobijan mandos que hablen por las tripas y que los dos cazabombarderos F-18 que atemorizaron hace unos días a ciudadanos del Ripollès volando a trescientos metros de sus cabezas no iban a la caza de ejemplares de quimera. Sin embargo, siempre conviene recordar que el Ejército de Franco no fue objeto de la ruptura pactada como otros sectores y que eso explica inquietudes: por ejemplo, que en la pascua militar de 2006 el teniente general Mena Aguado, nada menos que el jefe de las tropas terrestres, fuera sancionado por el Ministerio de Defensa tras despotricar contra la propuesta de Estatut desplegada por el gobierno Maragall. He aquí algunas palabras del general: “Afortunadamente, la Constitución marca una serie de límites infranqueables para cualquier estatuto de autonomía (…) “Si esos límites fuesen sobrepasados, lo cual en estos momentos afortunadamente parece impensable, sería de aplicación el articulo octavo. (…) “El hecho de que en una autonomía sea exigible el conocimiento de su lengua particular es una aspiración desmesurada que obligaría en las fuerzas armadas a regular los destinos a esa autonomía de la misma forma que actualmente se regulan los destinos en el extranjero”. Por tanto, los alumnos catalanes deben ser españolizados, podría haber añadido de colofón el general Mena anticipando la frase del actual ministro de Educación del Gobierno español pronunciada ayer. José Ignacio Wert pilota una política de vuelo bajo, sin la panorámica -constitucional- de toda una España plurinacional en la que el 40% habla catalán, gallego o euskera.

El mosaic quatribarrat està molt bé i representa un signe de catalanisme segellat amb la història del club, però cal matisar que la quantitat no fa la qualitat, com ja es va veure amb la bandera rojigualda alçada per Federico Trillo a la Plaza de Colón. La pluja d’estel·lades cercant l’efecte mediàtic global, en canvi, suposa carregar el Barça amb un llast ideològic partidista que vulnera el principi de  legalitat i no representa el conjunt dels socis, entre els quals em compto des de 1964. Catalunya és més que un club i no una sucursal blaugrana. Prou de cops d’estadi. Una bandera ens agermana, Sandro?